Equinácea


Equinácea

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Sin duda, el uso más frecuente de la equinácea, y por el que es más conocida, es para reducir los síntomas del resfriado común. Esto se debe a las dos principales propiedades de esta planta, esto es, su capacidad para reforzar y potenciar el sistema inmunitario –es un antibiótico natural capaz de activar nuestra producción de leucocitos– y como antiinflamatorio.

Está demostrado que la equinácea contribuye a disminuir la fiebre, la mucosidad y la tos asociadas no sólo al resfriado sino también a otras enfermedades del sistema respiratorio, facilitando y acelerando con ello el proceso de recuperación.

Pero no sólo se emplea para las enfermedades del aparato respiratorio (sinusitisbronquitisfaringitis…), sino que esta planta también tiene otra serie de aplicaciones – en su mayoría relacionadas con los procesos infecciosos, ya que actúa como bloqueador de la acción de virus y bacterias–, como son:

  • Infecciones vaginales, genitales o sífilis. De hecho, esta última enfermedad fue una de las primeras aplicaciones médicas de la equinácea.
  • Dolores de garganta e inflamación de amígdalas.
  • Malaria.
  • Difteria.
  • Enfermedades del aparato circulatorio, como el reumatismo o la septicemia.
  • Infecciones de oído.
  • Migrañas.
  • Infecciones de encías (gingivitis, periodontitis…).
  • Orzuelos.
  • Indigestión.
  • Infecciones del tracto urinario.

 

Además de estas propiedades anteriormente descritas y por tratarse de un potente cicatrizante, también puede aplicarse de forma tópica para tratar diferentes infecciones y patologías en la epidermis, que pueden ser desde heridas, quemaduras y eccemas hasta la psoriasis, pasando por el herpes, las picaduras, furúnculos, hemorroides o los abcesos, entre otros.

 
Para prepararlo, calentamos agua sin necesidad de hervir, añadimos una cuchara sopera de equinácea por taza, y lo dejamos reposar 5 minutos. Colar y tomar.
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